Hablar libremente en Cataluña
El escritor húngaro Sándor Márai termina exiliándose de su país en 1948 no por la censura que llevaba soportando desde la ocupación soviética al final de la segunda guerra mundial, sino porque el miedo que se había instalado en la sociedad por esa opresión le hace darse cuenta de que ni siquiera puede callar libremente. Había regresado apresuradamente a Hungría desde Francia por la necesidad de vivir y escribir en su lengua, única en el mundo y limitada a su país. Dice: “Yo había regresado a mi país con mucha prisa porque quería vivir en el ámbito de la lengua húngara. Había aceptado la idea de que –por un periodo indeterminado, quizá muy largo- no existiría para mí un ambiente apropiado para dirigirme al público.” Ese periodo ha sido muy largo en Cataluña pero ya no es indeterminado. Se vislumbra su fecha de caducidad. Ahora hay ciudadanos y organizaciones dispuestos a recuperar su sentido y medida del tiempo. No es la censura ni la colonización comunista las que expulsan a Márai, sino la prohibición de callar libremente que se extendió en su país, el hecho de que su silencio no fuera interpretado como defunción intelectual y espiritual.
Callar, como hablar libremente, es también una opción democrática que en Cataluña no se puede ejercer sin caer en la complicidad pasiva con el actual estado de opinión y sentimiento reinante. Ese silencio, esa falsa comunión de todos los catalanes con un proyecto excluyente de si mismos es un estado líquido que invade toda relación entre vecinos y toda reacción personal. Una comunión que deja al ciudadano ante la opción de sentirse extraño en su propia comunidad, de tener que salirse de misa para refugiarse en su casa, o de tener que sumarse a la corriente que domina el país. Iniciativas como Ciutadans ofrecen al ciudadano la posibilidad de romper esa condena esquizofrénica.
La patria no es la lengua –ni siquiera para un escritor- sino la convivencia definida por la posibilidad de expresarse y callar libremente. La patria catalana no es sus dos lenguas propias (castellano y catalán, por orden de circulación, hay que recordar la evidencia) sino lo que se vive a través de ellas. No los valores improvisados por las leyes nuevas y urgentes, sino las costumbres que han quedado como sedimento heterogéneo de las experiencias y relaciones personales practicadas durante siglos. Esas mezclas que son las vigentes y sobrevivirán a esta situación de uniformidad si alguien las reivindica. Cuando el clima político de un país lleva a la abstención de sus ciudadanos, el silencio no es libre porque deja de ser una actuación pública con significado político. La palabra política ha sido entonces arrendada por el gobernante, el cual nos paga en sentimientos de superioridad frente a países mesetarios y folclóricos. Exigir la devolución de esa palabra política es lo que está haciendo hoy Ciutadans con actos como el apoyo al pregón en castellano de Elvira Lindo, al que se ha reaccionado con el funeral de los paraguas negros. Recuperar los símbolos es la clave de la lucha política. Sacarlos del almacén de diseño del nacionalismo y señalar alegremente que están podridos, disfrutando cuando aparezcan los primeros síntomas de vergüenza en las caras de los custodios.
1 comentarios:
La utopía es un rumor insistente
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